(Alejandro Magno 02) Conquistador de Asia by Gisbert Haefs

(Alejandro Magno 02) Conquistador de Asia by Gisbert Haefs

Author:Gisbert Haefs
Language: es
Format: mobi
Tags: Novela Histórica
Published: 2010-12-28T23:00:00+00:00


XXVIII. Entre los ríos

En uno de los valles recónditos pertenecientes a Lago, Ptolomeo había presenciado de niño una escena que últimamente recordaba cada vez con mayor frecuencia. Por encima de cerca de una docena de chozas, la ladera de la montaña se extendía hasta el cielo, así se lo parecía al muchacho; vista desde el otro lado del valle, ya no era tan gigantesca, pero no dejaba de ser impresionante. En alguna época debía de haber habido allí un bosque, talado luego en el transcurso de las décadas, convertido en leña y en madera para la construcción, y sólo se habían salvado algunos troncos enfermizos que quedaban cual centinelas olvidados en la ladera. Las cabras y las ovejas habían eliminado la vegetación más menuda, el monte bajo, los retoños y toda suerte de arbustos, hasta que sólo quedara una superficie de color verde grisáceo con algunos tocones y, aquí y allá, unas rocas de color más claro. Había sido un invierno húmedo; la tierra parecía en muchos sitios una esponja inconmensurable. Recordó la sensación de algo blando entre los dedos de los pies descalzos cuando subió, como cada mañana, por la ladera oeste, para ver salir el sol sobre la cresta de oriente. La vieja casa de piedra de la familia estaba fuera de la entrada del valle, sobre una peña escarpada. Subió atravesando la densa niebla matutina, subió atravesando el bosque ralo en el lado occidental del valle, que no había sido talado y que pertenecía directamente a los Lagidas, subió hasta llegar a la cresta, hasta emerger de la niebla y respirar el aire claro de la mañana. El cielo ya se había teñido de rojo al este, pero el sol seguía bajo tierra. Cuando se tranquilizó su respiración y cuando dejaron de oírse los latidos en los oídos, se dio cuenta del silencio reinante..., ni pájaros, ni animales. ¿Dónde se habían metido las ovejas y las cabras? No veía nada, pese a que la niebla a sus pies se había diluido un tanto, ni oía nada, ni cantos ni balidos; se sentía inquieto, como ocurre en una pesadilla antes de darse cuenta de la razón del miedo.

Luego salió el sol, el cielo se volvió verde y luego azul, y la niebla se disipó en el valle. Abajo, algunas personas, que más bien parecían escarabajos, salieron entonces corriendo de las chozas para dirigirse a la salida del valle. ¿Qué querían a esa hora tan temprana en la casa de su padre?

Se oyó un profundo suspiro, pero los pájaros seguían sin oírse. En eso, tembló la tierra; Ptolomeo cayó al suelo. Sólo fue un pequeño terremoto, pero suficiente para separar toda la ladera oriental, talada y reblandecida, de su base rocosa. La ladera se deslizó montaña abajo, lentamente, como cuando un barco zarpa con poco viento. Los escasos árboles se movían casi con cierta majestuosidad, y Ptolomeo hasta recordó haber reído un poquito. Luego avanzaron más rápido, se volcaron y se precipitaron con ladera y todo sobre las chozas, enterrándolo todo.



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